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La sonorización en el teatro se ha modificado con el paso del tiempo
(Noé Sánchez)

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El foro teatral La Gruta tiene una entrada especial por uno de los pasillos de las oficinas del Centro Cultural Helénico, es una angosta escalera de caracol que conecta a los administrativos con los técnicos.
Al llegar al final de la escalinata se encuentra la cabina del foro, frente a ella está el escenario; en él, varios hombres desmontan la escenografía de la obra El oeste solitario. Una joven de limpieza los ve atentamente, mientras otros técnicos escuchan las solicitudes de un director que les pide algunas adecuaciones de luz y espacio para un próximo montaje.
Noé Sánchez, asistente de tramoya y encargado de audio del foro, ayuda a guardar los elementos que construyeron la obra del día anterior. Al finalizar su tarea, nos lleva a la estrecha cabina, en la cual hará un viaje por la memoria y por sus experiencias en el arte teatral.
Entre cables, baterías y consolas, Noé platica sobre su oficio, el acercamiento al teatro y sus herramientas de trabajo: una consola de audio y un libreto de la obra con indicaciones de entradas de ruidos que van desde un relámpago hasta un bebé que llorar.
Pero, la sonorización no siempre fue igual, los efectos auditivos han sido uno de los elementos teatrales que se ha transformado radicalmente a través de la historia del teatro.
Antes se producía el efecto de lluvia con la ayuda de dos puñados de semillas en la tapa de una caja de madera. Se agitaba un trozo de hojalata para dar la impresión de trueno, o se golpeaban fuertemente dos mitades de cocos sobre una mesa para imitar el galope de un caballo.
A finales del siglo XIX, Thomas Alba Edison inventó el fonógrafo, aparato que revolucionó la reproducción de sonidos y que permitió grabar música, voz y sonidos reales.
En el teatro, se utilizó el fonógrafo para reproducir discos con efectos sonoros, pero tenía un inconveniente: dependía de la suavidad con la que el encargado pusiera la aguja sobre la superficie del disco, ya que si se colocaba la aguja aceleradamente, el ruido generado distraía y molestaba al público.
Actualmente, las consolas insertan sonidos que permiten crear una atmósfera conveniente a la puesta en escena, como el sonido del cantar de un gallo, que se interpreta como el amanecer del día o el ruido de los grillos cuando frotan sus patas, que da la sensación de noche.
Con la aparición de las consolas de audio, se puede regular la intensidad del sonido y crear toda clase de ruidos raros, que dejan que la imaginación explote.
En La Gruta, los creativos de un montaje normalmente llevan los sonidos que requieren grabados, pero cuando no los tienen, le piden a Noé Sánchez que busque el efecto requerido, en un disco compacto que tiene en el foro, con toda clase de sonidos, desde una locomotora hasta una gran explosión.
Para Noé, el audio llegó después, con la práctica laboral. Su acercamiento al teatro fue a través de un tío. “En 2003, le ayudé a trasladar una escenografía, ya que él es técnico del Centro Cultural del Bosque, y cuando venimos aquí, había una vacante, pregunté y me quedé en el puesto”.
Inició como tramoyista, pero se ha acercado al audio, por esa curiosidad con la que el teatro atrapa a los partícipes a adentrarse y conocer más sobre lo que constituye, genera y reinventa la acción teatral de cada puesta.
Anteriormente, Noé asistía esporádicamente a obras de teatro, no le llamaba mucho la atención, pero al entrar a trabajar al Centro Cultural Helénico su perspectiva sobre el arte dramático cambio completamente, al descubrir la complejidad de montar una puesta en escena.
Con cinco años de experiencia, ahora gente de teatro como Alberto Lomnitz, Margarita Isabel y Mario Iván Martínez lo reconocen como un trabajador que se empeña en apoyar y sacar adelante su responsabilidad.
“Una satisfacción para mí, es que a mi trabajo diario agrego una carga positiva, me gusta pensar que aporto ideas que permiten solucionar los problemas técnicos de los artistas que vienen al foro a presentarse”.
Comparte con sus compañeros la postura de que en un foro pequeño como La Gruta, se trabaja de otra forma, la relación con el público es más intensa y hay una mayor adaptación de las propuestas escénicas al espacio.
Al principio le emocionaba mucho oír los aplausos, pero con el tiempo se ha acostumbrado a escucharlos. “Me gustan los espectáculos llenos, me motivan mucho, cuando veo funciones repletas pienso que valió la pena realizar todo el montaje de la escenografía, porque a veces son muy laboriosas”.
Al respecto, recuerda que hace unos años, Antonio Crestani montó una obra que utilizaba un departamento completo en escena, con sus cuatro paredes y una inmensa alfombra. Ese montaje les exigió un gran trabajo técnico, y fue un gran logro de todos sus compañeros que requirió esfuerzo constante cada función.
Noé tiene dos hijos, a la mayor, de diez años, la ha llevado a su trabajo, a presenciar alguna obra y declara: “Lo que más le agrada a ella es comentar que su papá es quien da la tercera llamada. Ha venido a la cabina pero prefiere estar allá en el escenario, viendo la función”.
En todo momento de la conversación, se encuentra reflexivo, piensa, entrecierra los ojos, se pone una mano en la barbilla y trata de recordar las obras que lo han sorprendido. Al final menciona dos: Los hermosos gitanos, de Sergio Zurita, y Autoconfesión, de Peter Handke.
Reconoce que su formación es completamente empírica y que ha ido aprendiendo con la práctica diaria y las dificultades que se le presentan, pero considera que después le gustaría asistir a algún curso para adentrarse más en su oficio.
“Ándale, para el futuro me gustaría aprender mejor de todo esto, conocer más sobre el trabajo e ir a cursos a tecnificarme para que me ayuden más en mi labor diaria”, concluye.


* CONACULTA

 

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