



El
cielo del Teatro
por Eugenio Barba*
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Un
amigo me ha aconsejado: “Debido a este honor que te confieren en Estonia,
un país que nunca has visitado, deberías hacer un discurso profético.
Deberías hablar del teatro como patria”.
Notando mi reacción escéptica, ha citado la frase de un gran
actor italiano contemporáneo, Carmelo Bene, muerto hace algunos años.
Dice: nulla patria in propheta – no hay ninguna patria en el profeta.
Paradójica inversión de la antigua máxima evangélica:
nemo propheta in patria, nadie es profeta en su patria.
Cada uno de nosotros posee al menos nueve vidas, tantas como dicen tienen
los gatos. Pero entre mis nueve vidas, no está la del profeta. No pudiendo
ni predecir ni predicar, vuelvo a reflexionar una vez más sobre la
única realidad en la cual me reconozco: la casa que habito.
Los teatros son humildes casuchas, incluso cuando tienen salas decoradas de
oros, estucos y terciopelos. Siempre rústicas y pequeñas, si
se las parangona con la imponencia de los espectáculos que pueblan
gloriosamente nuestra “sociedad del espectáculo”. El teatro
está afuera de todo esto. ¿Periferia? ¿Isla de libertad?
¿Exilio que a la larga se torna deprimente?
- ¿No estás harto del teatro, luego de casi cincuenta años?
En el transcurso de los últimos meses, tres personas diferentes me
han formulado esta pregunta con más o menos las mismas palabras. Es
normal cuando uno se presenta como un viejo de cabellos blancos. Dos de mis
interlocutores eran jóvenes inexpertos, casi desalentados ante la elección
de ser actores. El tercero era un colega más viejo que yo.
A los tres respondí que no, que no estoy harto. La presión del
trabajo me pesa más que antes, pero como compensación ha aumentado
la paciencia. Sé que es sólo cuestión de tiempo, y tarde
o temprano incluso los nudos más intrincados del oficio encuentran
una solución. La mayoría de las veces es una solución
sensata que había permanecido escondida. En raras y afortunadas ocasiones
es una vía de salida a través de obstáculos que parecían
insuperables. A pesar de los muchos años en la profesión, se
siguen abriendo para mí de tanto en tanto vías imprevistas a
lo largo de las cuales vuelvo a ser un debutante en el umbral de nuevas exploraciones.
Caminos “jóvenes” me quitan de las espaldas y de los huesos
la sensación de cansancio.
El viejo colega insistía:
- ¿De verdad no estás harto? Para serte sincero, no te creo.
- Y sin embargo es así.
- ¿Por qué?
- Sería un discurso largo. ¿Cuánto tiempo me das para
responderte?
- Un par de palabras.
- Entonces te diré: porque en el teatro veo el cielo.
- ¡Ridículo!
- Lo ridículo es la riqueza del teatro. Su misterio.
Lanzó una pregunta casi irrisoria:
- ¿Lo ridículo es el misterio del teatro, o es su misterio el
que es ridículo?
- Tanto el uno como el otro.
- Hazme el favor de explicármelo.
Se lo expliqué contándole una fábula. En la esquina de
una plaza, en un pueblo en donde la gente vive afuera la mayor parte del tiempo,
hay un pequeño teatro de títeres. Allí se representa
una antigua historia: la trágica vida de Orestes que venga a su padre,
mata al padrastro usurpador y, cegado de furor, apuñala a su madre.
La venganza es considerada un deber del guerrero pero el matricidio es un
delito sin absolución. Orestes teme que la cólera de los dioses
caiga sobre él. Escruta el cielo para adivinar el castigo que le será
dado. ¿La muerte? ¿La locura?
Mientras el títere Orestes trata de dirigir su mirada más allá
del telón azul del cielo que esconde la morada de los dioses, hete
aquí que se desata uno de esos temporales imprevistos que estallan
en verano en los países calurosos. El teatrito es sacudido por el viento,
la escenografía se desploma y se desgarra el papel azul que representaba
el cielo. Y desgarrándose no le revela nada al títere Orestes.
Allá arriba no hay ninguna divinidad sentada sobre una nube o sobre
las cimas de los montes. Orestes continúa mirando en espera de respuestas,
pero sólo ve el vacío.
La edad de los Mitos ha finalizado e inicia la de la desnuda Razón.
Orestes se vuelve Hamlet.
- ¡No está mal! – dice mi viejo colega – ¿eres
tú quien ha inventado esta historia?
- No, la cuenta un personaje de El difunto Matías Pascal, una novela
de Pirandello. No pienso que Orestes sea el representante del mundo antiguo
y Hamlet el exponente de la crisis de la consciencia moderna. Están
siempre presentes simultáneamente. Esta simultaneidad de contrarios
es para mí el teatro.
- ¿Quieres decirme que tú, como director, observas a tus actores
como si fueran los directores de tu teatro mental? ¿Y esto sería
el cielo, para tí? ¿El cielo que el teatro te hace ver?
- Mis actores son las dos caras de la luna captadas por una sola mirada. Siento,
como un relámpago, las contradicciones de la “realidad”
así como es – no como yo me la imagino. Y puedo trabajar sobre
esta mirada con técnicas de artesano.
- ¿Por esto sostienes que no te harta continuar haciendo teatro, a
pesar de la rutina inevitable, la búsqueda constante de dinero y el
tener que recomenzar siempre de nuevo?
- Exactamente: a pesar de todo esto.
- Dime: ¿cómo definirías al cielo?
- ¿En un par de palabras?
- Sí, sólo un par.
- Lo que me protege de la vida.
- ¿Y al teatro?
- Idem.
- ¡Entonces crees en los dioses!
- Sí, pero sólo en los dioses descreídos.
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