



El
cielo del Teatro
por Eugenio Barba*
_____________________________________
No
exagero diciendo que el teatro es lo que me protege de la vida. Pienso que
no es sólo un oficio, sino un exiguo e infantil microcosmos en donde
puedo vivir otras vidas. ¿Su vulnerable espacio de ficción y
el hecho de ser juego, play, spiel, jeu, nos empobrece o nos bendice? ¿Su
Arte, que no deja formas perdurables, es de verdad un arte menor, o un ejercicio
de conocimiento que puede trascender al arte?
Hoy el teatro tiene muchas naturalezas. Pero ninguna puede crear el proverbial
monumento “más duradero que el bronce”. Más allá
de cualquier objetivo y sentido que cada uno da a la naturaleza del teatro
que hace, nuestro trabajo no permanece, pero anuda relaciones. Sirve para
viajar, cada uno hacia su propio individuo interior y junto a los otros. Sus
raíces son las relaciones, tanto antes como después del espectáculo,
entre aquellos que hacen teatro y aquellos que asisten: relaciones entre el
pasado y el presente, entre la persona y el personaje, entre las intenciones
y el acto, entre la historia y la biografía, entre lo visible y lo
invisible, entre los vivos y los muertos.
El microcosmos del teatro no se nutre de los éxitos. Los triunfos ocasionales
son sólo la espuma de la indiferencia circundante cuando golpea la
playa de nuestros islotes teatrales. Nos lo enseña la experiencia.
Así como lo explicó, una vez, con palabras punzantes, Vasili
Vasilich Svetlovidov, el actor protagonista de El canto del cisne de Chejov.
Se durmió en el camerino y se despertó en la soledad del teatro
abandonado por los actores y espectadores. Sólo encontró como
único compañero al apuntador de la compañía, acostumbrado
a vivir bajo el escenario como una rata, pero una rata joven, entusiasmada
por los milagros de la escena. Para él, Svetlovidov, protagonista de
comedias y derrotista en la vida, desplegó su sabiduría: la
sacralidad del arte es una patraña, sólo delirio y engaño.
Como es delirio y engaño el constante lamento sobre la decadencia del
teatro, sobre su falta de congruencia respecto al espíritu de los tiempos,
sobre su condena a permanecer siempre un taller artesanal con un complejo
de inferioridad frente a las grandes industrias del espectáculo, temeroso
de ser barrido de un golpe.
Los teatros no son sólo talleres, edificios imponentes o casuchas en
ruinas en donde se refugian y habitan nuestras necesidades más oscuras.
Son casas pequeñas, sí, pero con muchas escaleras.
¿De qué se nutren los microcosmos de los teatros? No de tecnología,
sino de técnicas personales. Técnicas pequeñas, a manos
desnudas, no solitarias y vividas en común. Por esto, concretamente,
dan vida a patrias en miniatura. Los vientos de las aclamaciones y de los
disensos pasan, pero las relaciones y las técnicas, si se orientan
sobre nuestro valor interior propio, sobre nuestras mitologías y supersticiones,
son capaces de oponer resistencia, de entrar en contacto con el exterior y
de romper el aislamiento. Siempre y cuando no se satisfagan con los primeros
pasos y no se limiten a los primeros peldaños, sobre los cuales, por
breve tiempo, se sientan muchas veces aquellos que aman y gozan del teatro,
pero sin alimentar su descontento. Como cuando se come sin hambre y se bebe
sin sed, que para Baudelaire y Artaud eran pecados capitales para cualquiera
que sea llamado a las artes.
Las técnicas personales del teatro son escaleras, se hunden y suben.
Cuando tiene estas escaleras, nuestra casa es infinita.
Pienso en ciertas casas antiguas, pobres, de los pueblos del Sur de Italia,
amenazadas por la humedad, privadas de confort, llenas de sombras, con ventanitas
que parecen temer al calor y a la luz y encierran afuera los paisajes luminosos
del mar y de los olivos. Casas en donde se vive apretado y en donde muchas
veces la intolerancia recíproca de quien las habita, da a la vida cotidiana
la angustia de la reclusión. Pero en cada una de ellas, una escalera
pequeña, ennegrecida por el tiempo, conduce a un techo chato, en donde
se puede permanecer de pie: una terraza sin barandas, que obliga a estar alerta
porque basta un paso en falso para caer.
Una casa con un techo chato en donde impera el cielo. Y en donde cada uno
puede dialogar consigo mismo perdiéndose con la mirada en el horizonte.
Semejante a esta casa es para mí, en una sola palabra, el teatro.
* Discurso pronunciado en ocasión de la entrega del título Doctor Honoris Causa conferido por la Academia de Música y Teatro de Estonia, Tallinn 27 de mayo 2009/ Cortesía del CELCIT
Regresar a columnas y artículos