
Llamados a casting



El
teatro siempre cuenta lo importante
Entrevista con Griselda Gambaro *
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Narradora,
ensayista y dramaturga, Griselda Gambaro (Buenos Aires, 1928) es desde los
politizados años 60 creadora de una prolífica obra que se estudia
en paralelo con la del dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky (El Sr. Galíndez,
Telarañas) por la postura de ambos autores en cuanto a la interpretación
de la realidad y su cuestionamiento ético. En 1976 Gambaro debió
exiliarse en España, luego de que su novela Ganarse la muerte fuera
considerada “contraria a la institución familiar” por la
dictadura militar argentina.
-¿En qué rol se siente más cómoda, como narradora
o como dramaturga?
-Siempre he alternado la narrativa con la dramaturgia. Empecé escribiendo
narrativa y después de algunos años me dediqué alternativamente
también al teatro. Al principio incluso adapté, hice versiones
teatrales de algunas novelas mías cortas, como Las paredes y El desatino,
que inicialmente fueron novelas cortas.
-Su último estreno fue un monólogo, El misterio de dar, basado
en un cuento publicado en el año 1968 en Lo mejor que se tiene. ¿El
tema ahí es la pobreza?
-No es tanto la pobreza sino qué nos pasa cuando damos -no tanto por
solidaridad social, sino por un impulso hacia el otro- aunque no tengamos,
cuando damos lo poco que tenemos. Qué le pasa a una anciana que tiene
sólo su pensión y que no da con gusto. Da pero desconfía
de sus propios sentimientos, teme ser estafada por el que pide, se arrepiente
porque a ella tampoco le sobra el dinero. Son sentimientos complejos los que
provoca ese misterio de dar, por qué damos, pero finalmente nos enriquece.
-En Antígona furiosa y en La Sra. Macbeth hay una nueva lectura de
estos personajes femeninos del teatro clásico. ¿Se trata de
renovar este lugar de lo femenino?
-Supongo que en mi obra hay otra mirada sobre la situación de la mujer
y sobre ciertas aspiraciones y defectos de una mujer que parte de mi género,
no es una mirada neutral. Por otra parte, aunque fuera mi intención
nunca podría ser una mirada neutral. Por supuesto, me preocupa en particular
la situación de la mujer, pero eso está también remitido
a la historia que cuento, que también incluye hombres. Lo que sí
sé es que ningún autor sabe si sus obras van a perdurar o si
sus obras son valiosas. Pero a partir de mi aparición en el teatro
argentino hubo toda una generación de dramaturgas; dramaturgas hubo
siempre en el teatro argentino, pero lo de “generación de dramaturgas”,
de mujeres que escriben para el teatro y que hacen un trabajo sólido,
vino después.
-¿Cómo evalúa el momento del estreno de El desatino (1965),
considerada una obra clave para el teatro latinoamericano de las últimas
décadas?
-Por una serie de circunstancias se produjo lo que se podría llamar
un escándalo con el estreno de esa obra. En primer lugar, porque el
teatro argentino en ese momento era del tipo realista-costumbrista. Había
toda una generación dedicada a ese tipo de teatro (Roberto Cossa, Gorostiza,
Ricardo Halac) y de pronto apareció alguien que escribía un
teatro completamente distinto, no dirigido a la psicología de los personajes,
a la morfología de los personajes, a las situaciones, al lenguaje.
Esa obra, para colmo, se estrenó en el Instituto Di Tella, que tenía
fama de esnob en una época muy politizada, así que también
influyó que entre todos esos autores hombres surgiera una dramaturga
mujer, con un diseño teatral completamente distinto.
-¿Y cuál fue la reacción?
-Siempre tuve una zona de la crítica y del público que me apoyó
mucho, y después otra de colegas que no me apoyaron. Esta especie de
enemistad duró hasta la dictadura militar de 1976 y se vio dónde
estaba cada uno parado políticamente, y esto aclaró también
la parte estética. Todos estábamos en el teatro argentino, al
final de cuentas. En el 77 prohibieron una novela mía, Ganarse la muerte;
prohibiciones de libros hubo siempre, pero en esa época significaban
otra cosa. Yo tenía muchos amigos desaparecidos, por mi barrio hacían
razzias constantemente y se cortaron los lazos de comunicación con
mi público. Dentro de ese clima justificado de paranoia pensé,
junto con mi familia, que era mejor dejar el país por un tiempo. Me
fui en el 78 y volví en el 81.
-Con respecto a La persistencia, ¿cómo llevaste este acontecimiento
tan fuerte al teatro?
-Nunca sé cuál es el impacto que de pronto me lleva a escribir
determinada obra. Creo que simplemente fue leer la noticia en el diario, la
noticia escueta, fría. Uno está anestesiado con tantas noticias
de muerte, y a través de cualquier obra de arte el impacto siempre
es mayor, pasa a otra categoría de hecho y además, cuando la
obra es buena, sigue llamando a la conciencia.
-Los temas son oscuros: la violencia, la muerte y su persistencia.
-Yo no sé si son oscuros. Pueden ser duros, pero creo que el espectador
que va a ver una obra de teatro o el lector que lee un libro siempre obtiene
una reparación mediante el arte, que te marca que hay otro que tiene
tus mismas preocupaciones o tus mismos dolores, ese compartir solidario que
produce una sanación. Uno no recibe sólo la anécdota,
recibe algo más allá de lo que se cuenta. Esa sanación
es salir con toda esa emoción que uno recibe del escenario o del libro,
es salir sanado de la soledad, de la soledad de la condición humana.
-Tu colega Rafael Spregelburd dijo que se sentía liberado del imperativo
de los años 80 de “decir lo importante”. ¿Cuál
es tu opinión?
-Disiento con la frase. No disiento con el teatro que él hace porque
cada generación busca su modo de expresión, de insertarse en
el corpus de la tradición teatral, y cada generación tiene su
soberbia, la de matar a sus padres. Hay que ver si pueden, ¿no? Él
no tiene la obligación y yo no tengo ninguna obligación de contar
lo importante, tengo una responsabilidad. Si uno tiene el poder mínimo
de la palabra y de la imaginación, tiene una responsabilidad: la de
no escribir pavadas. No digo que sea el caso de Spregelburd. El teatro siempre
ha contado lo importante. Aun Molière, haciendo reír, contaba
lo importante. No hay que ser solemne ni ser siempre dramático, pero
el teatro siempre ha dirigido su mirada hacia las cosas que importan. Una
mirada con humor, con sagacidad. Ni Feydeau ha hablado frívolamente,
no se ha dedicado a los chistes de café en teatro, es otra cosa. Perder
ese carácter sagrado, colectivo, en el mejor sentido de solidario,
de “agremiar” de los sentimientos. El teatro no es un onanismo.
Yo no intento escribir obras éticas. Me salen. Creo que es la personalidad
del autor lo que determina el carácter de la obra. Puede salir bien
o mal, eso es aparte.
Gabriela Gómez.
Publicado en La Diaria. 12 de noviembre de 2009
* Cortesía del CELCIT