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Jaime Blanc, danza y teatrodanza
Entrevista realizada por Óscar Salas Gómez *
(1era parte)
Continuación...

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¿Qué puedes mencionar de tu búsqueda coreográfica?

He trabajado en varios modos de hacer coreografía que va desde el estricto uso literario con textos en las obras, lo cual está muy referido al teatro, hasta lo muy abstracto con música muy inusable, música de Lukas Foss, de John Cage, tratando de hacer lo que es prácticamente imposible de hacer, como es la abstracción en la danza. Entre esos dos puntos he variado mi búsqueda coreográfica. Por lo anterior, no me considero identificable, no me considero poseedor de un lenguaje preciso. Aunque en un principio reincidía mucho en la desfachatez. Pero esto dejo de sucederme hace mucho tiempo. Ser reconocible como creador no lo considero importante. Importante es poder conmover al público hasta el punto que pueda decir: “Qué terribles somos los seres humanos que podemos llegar a tales extremos como el asesinato, la violencia.” Eso es lo fundamental, y no que digan. “Está bonito”, o “no me gustó”. Conmover es lo más difícil del mundo.

¿Cargan los coreógrafos de Ballet Nacional con la maestra Guillermina?

Cuando fui un joven coreógrafo de Ballet Nacional las opiniones de la maestra acerca del deber ser y el deber hacer coreográfico me resultaban tan certeras y apabullantes que me quedaba: “¿Entonces qué? No puedo hacer nada. No sé hacer nada. ¿Para qué sirvo?” Esa es una tradición de Ballet: ser crítico, y no nada más de Ballet. Yo creo, con Octavio Paz, que la modernidad es la oportunidad de ser crítico. Crítico en el sentido de ¿qué estoy haciendo, lo estoy haciendo bien, hacia dónde me dirijo? Ella nos insiste en esto como coreógrafos: “¿Estás teniendo una estructura correcta, estás haciendo un lenguaje apropiado, sabes lo que estás queriendo hacer. Estás experimentando, qué tipo de experimento estás haciendo, por dónde va tu experimento?”. A la quinta pregunta de este tipo uno siente cargar una presencia que casi todo lo sabe. Queda uno a punto de decir: “Ya cállese.” Porque es una impugnadora constante. Esto es una enorme virtud; esto es impedir que las cosas se mantengan en la inercia que no lleva a ningún lado; la impugnación obliga a reflexionar sobre la propia obra. ¡Eso es lo que necesitamos! ¿Qué estoy haciendo con mi obra? Aquí no hay ni musa ni intuición que valgan. La intuición puede aparecer un instante ¡y agárrala!, pero el trabajo a lo bestia hace la obra.

Antes de iniciarse una gira que incluyó varias ciudades del oeste y centro del norte de la república mexicana, en el último trimestre de 1999, Ballet Nacional de México presentó su temporada queretana de otoño en el Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez. Prácticas cotidianas, de Jaime Blanc fue un espectáculo brutal y descarnado que nos mantuvo en sepulcral vilo durante cada instante de su interpretación, la llegada del final fue un alivio que nos permitió la recuperación del resuello, tras el silencio anonadado aplaudimos agradecidos y conmovidos o impactados. Era la época en que se ponía de moda la recurrencia de las notas rojas muy sanguinolentas en México --entiéndase la capital mexicana, no como actualmente la totalidad del país--, pero presenciar semejante traducción o inspiración dancística nos dejó secas la boca y la garganta, los labios pegados. Atrás del horror y la estupefacción la pertinencia de la plasticidad de los tonos y texturas tan lúgubres resultaba un acierto innegable. La mortificación impuesta para la interpretación fue despiadada, y sin embargo había prevalecido una contención que previno el regodeo en el morbo y la explotación de la asquerosidad so pretexto de la vileza criminal aludida y exhibida por el autor. El balazo final con que es asesinada la doliente compañera del torturado sobreviene como un guillotinazo al tiempo que la oscuridad abraza el escenario. Este sacudimiento me imagino que se va al subconsciente, o por lo menos toma tal dirección, porque la cotidianidad sería muy difícil, o sufriente, con semejante recuerdo en la conciencia. Nunca conocí una reposición de Prácticas cotidianas, una magnifica demostración artística con las convenciones de belleza y estética despojadas de sus coincidencias más inmediatas. Hoy esta coreografía ampliaría el repertorio del realismo doloroso no aludido así a finales del siglo pasado, donde también cabrían desde el teatro, por ejemplo, “La fe de los cerdos”, de Hugo Abraham Wirth Nava, “Un torso, mierda y el secreto del carnicero”, de Alejandro Ricaño, ambas obras repuestas en Querétaro durante 2008, y que apunto únicamente como ilustración referencial del verismo inmisericorde expuesto en Prácticas cotidianas.
No obstante lo expuesto, en su momento me fue comentado que la actuación en Querétaro había sido atemperada en comparación con su estreno, donde el sujeto torturado hasta su disfrutada aniquilación que aparece al inicio de la representación, había sido más traumatizante pues había sido presentado verdaderamente desnudo, más como un cuerpo desgarrado que como un individuo flagelado. En Chihuahua, me platicó Jaime, hubo espectadores que abandonaron la sala, no obstante haber construido una truculencia de menor envergadura a la versión vista en Querétaro.
Casi una década más tarde, cuando la degradación social se ha extendido y diversificado en nuestro país, la desnaturalización individual ha profundizado su bestialismo, y los teatreros en Querétaro la han escenificado con muy convincente fidelidad. Con la reposición de estas Prácticas cotidianas de Jaime Blanc mucho se honraría la vergonzante vigencia y infame actualidad de su título, infortunadamente no infamante.

En la primavera del 2000 Jaime Blanc dio a estrenar una danza cuyo título incluía los nombres propios de los bailarines, o sus apelativos informales, dentro de la primera temporada de BNM ese año, para la que hizo una concesión comercial con un título oportunista, o pertinente: Temporada de Frente al Milenio, que más bien dejó entrever falta de originalidad. El títulote de la obra quedó en Relaciones excluyendo de quién; también la vida de la obra fue abreviada con su pronta desaparición.

Danza para un niño muerto, presentada en el AJOD en la temporada otoñal del 19 y 20 de noviembre de 2000, lamentablemente tampoco gozó de la reposición dentro de las actuaciones de BNM, muy antojable dada la exquisitez de su plasticidad minimalista: dos intérpretes de negro y uno de blanco, ella con una falda de amplio vuelo, gran parte de la breve interpretación transcurre en y alrededor de una banca suficientemente grande para aceptar al “niño” recostado; el preciosismo técnico, el vigor interpretativo y la exactitud del movimiento también contribuyeron a incitar un goce intenso e instantáneo, o por lo menos la admiración ante tanta proyección con tal brevedad de tiempo y simplicidad de recursos escénicos, sin excluir la iluminación: no exageraría al apuntar un par de luces, una cenital y otra lateral. Hoy esta obra bien vendría como “danza de cámara”, si es que todavía no ha sido acuñado el concepto. Poco o nada ha variado mi memoria de la nota publicada en la ocasión.

* Fotógrafo y periodista especializado en el quehacer escénico, en Querétaro (Méxco).*

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