



El
actor: la palabra hecha cane
(por Luis de Tavira)
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Ponencia dictada durante el II
Encuentro Nacional de la Voz y la Palabra.
Julio 2009
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Quien
reflexiona sobre la condición del actor, en realidad reflexiona sobre
la condición humana en un sentido radical: el del ser humano en tanto
persona. Lo que ya es un decir peligroso en estos tiempos difíciles
para la subjetividad. Pensar en el actor es, de algún modo, pensar
en aquél que habla el personaje, aquél que al hablar, nos habla
de nosotros mismos en tanto personas. Aquél de quien hablamos, nos
habla. Pensar en él es ya pensar en nosotros mismos en tanto lenguaje.
Hablar de la actuación puede ser entonces pensar en la consistencia
lingüística de lo que somos, tanto como en la consistencia indecible
y subjetiva de lo que es el lenguaje.
Pensar
al actor como la condición artística del hablar que nos personifica
resulta una aventura riesgosa en este tiempo apresurado en el que el pensamiento
parece haber sido desterrado de esa acción que ha querido ser el arte
de la acción.
Hoy
por hoy, no parece ser la ocasión para iniciar tan audaz aventura que,
en su momento, bien podría formular una poética del teatro que
pueda discernir las nuevas fronteras de la teatralidad en estos tiempos confusos.
Intento solamente algunas preguntas inquietantes que ya anticipan sus primeros
pasos, porque reflexionar sobre la actuación es ya un preguntar continuo
sobre el enigma de ese devenir humano que todavía llamamos teatro y
que es un incesante preguntar sobre el enigma del teatro que todavía
llamamos acontecer humano.
La
palabra teatro quiere decir mirador. Tras un largo mirar el mucho y diverso
hacer que se construye para ser ofrecido como espectáculo digno del
mirador, después del frenesí visual del ensayo exhaustivo de
las perspectivas en que ha devenido la teatralidad de nuestro siglo, tras
la orgía de los experimentos, cunde el hastío y el teatro languidece
sobreviviente en la prisión perpetua de lo mismo. Y es justamente ahí,
en el momento de esa negligencia del aburrimiento, cuando es posible sucumbir
a la atracción de algo que por ser lo que es, no puede nombrarse. Y
sin embargo, sucumbir a esa atracción parece devolvernos aquella mortal
vitalidad de la pasión que un día, hace mucho, nos trajo al
mirador.
Ya
no es lo nuevo, ni lo distinto, lo que se opone a lo mismo para librarnos.
Hay un afuera que no se ve en la piel del espectáculo; es un afuera
del teatro que reside en el corazón del teatro y desde ahí algo
nos tienta: es lo otro; lo otro que está dentro de lo afuera: es el
espectáculo invisible que sucede en la mente del actor.
Allí
acude la palabra que reside en el siempre de todo lo escrito e irrumpe en
la actualidad de la presencia indecible del actor y ahí se contiene,
justo antes de ser dicha en el aquí y ahora de la escena y entonces
el actor sucumbe al gesto que funda al personaje: es el gesto en que brilla
el fulgor que precede al habla. Es el resplandor que anticipa la acción.
Es la resistencia a la palabra que hace elocuente al silencio, la contención
del movimiento que ilumina la quietud. En la inmediatez de la presencia escénica,
antes de las palabras, asistimos al espectáculo del habla: la encarnación
de la palabra.
Sin
embargo, semejante grandeza poética de la actuación parece haberse
perdido en estos tiempos del teatro postcinematográfico, y parece ocultarse
irremediablemente en la degeneración que las máquinas de las
llamadas tecnologías de la comunicación y los procesos industriales
de repetición han impuesto al actor de nuestros días; la mecanización
de los procesos actorales anuncia las condiciones de una virtual desaparición
de la actuación como arte de la persona. Entre otros efectos sobresalen
de modo particularmente miserable, los que han destruido la condición
del actor como el hablante artístico, a través de los procesos
de automatización del habla. Tendríamos que pensar con mayor
profundidad en sus consecuencias. Los que inventaron el cine, sabían
que sus actores y sus espectadores venían del teatro. Tal vez por ello,
el primer cine sea un arte hiperteatral y sin embargo mudo: ahí el
habla es un gesto que anticipa la letra del letrero. Nostalgia precoz de la
voz y la presencia física que evoca torpemente el movimiento de la
fotografía. Quizá, entre otras causas, desde entonces haya quedado
emplazado el rudo combate entre el habla y la imagen y entre los signos y
las cosas, en el que se ha ido abriendo el abismo epistemológico de
nuestro tiempo. Hoy en día, quienes aun intentamos la invención
del teatro tenemos que saber que nuestros actores y nuestros posibles espectadores
vienen de la televisión. Será necesario transteatralizar el
teatro para arribar a lo otro, que es invisible para esta era de la orgía
visual y que es la dimensión que desde antiguo se asignó a sí
mismo el teatro frente a la realidad, para poder pensar qué cosa pueda
llegar a ser el actor en esta era cibernética, y cuál pueda
ser su condición de hablante, fuera del micrófono y del apuntador
electrónico, fuera del encuadre del ojo del tuerto de la cámara,
en el aquí y ahora de la comparecencia física y viva del escenario.
Aún
resuena entre los escenarios de las vanguardias agotadas el poderoso exabrupto
de Artaud, asestado contra el hastío de un teatro burocratizado y mortal
que había perdido la virulencia de la vida actoral: "Malditos
sean los actores franceses, porque no saben mas que hablar". Volvamos
a reflexionar desde el exabrupto del visionario teatral: En su maldición,
Artaud señala una paradoja de nuestro tiempo: A fuerza de hablar por
hablar, el teatro ha perdido la fuerza taumaturga de la palabra que le había
sido reservada desde su origen ritual. El actor declamador, el locutor, ha
asesinado la vida de la poesía. Preconiza así una vuelta radical
hacia la genealogía pre-verbal de los lenguajes y se suma a las corrientes
renovadoras del teatro que recuperaron su vigencia al centrar el dilema del
teatro en el enigma del arte del actor. Así, desde varias confluencias,
hoy es posible escuchar decir, por ejemplo, al joven personaje de Botho Strauss:
"Así
es el teatro, un instrumento retorcido en el que uno debe soplar con toda
el alma para obtener al final, por lo menos, un tenue sonido adecuado. Quizá
no más, pero tampoco menos; sólo que para conseguirlo hay que
tener un gran aliento..."
El
porvenir del teatro parece depender sobre todo del dilema del actor de nuestros
días. Ese dilema podría formularse también así:
o un robot parlante o una palabra hecha carne.
Reflexionar
sobre los efectos que la mecanización moderna ha producido en el actor
que fue llamado a ser el artista de la vida, ensombrece aún más
las consideraciones que podríamos hacer sobre la devastación
humana que la mediatización tecnológica y su efecto masificador
han producido sobre la comunicación social; quizá porque la
condición del actor represente la parte más nerviosa y vulnerable
que el avasallamiento de la robotización impone al signo vital de la
subjetividad imprevisible , en favor de la manipulación conductora
de las relaciones previsibles del consumo mercadotécnico.
En
los albores de la revolución industrial, la máquina representaba
la esperanza de un progreso que habría de liberar al hombre de la necesidad
del trabajo. Pero el arte, que es el trabajo sin utilidad, siempre fue la
celebración del poder humanizador del trabajo, la afirmación
liberadora del hombre por virtud de su poder de creación y transformación
de sí mismo y del mundo.
En
cambio hoy, en los días de la sociedad postindustrial, atrapados entre
los medios convertidos en fines, no parece probable que surja la esperanza
de liberar al hombre del dominio de la máquina. Allí donde se
ha instalado el aparato, no queda mas que funcionar, pura y simplemente. Más
allá de la máquina no hay nada mas qué hacer, el trabajo
en su sentido original se ha convertido en algo absurdo. En la actualidad,
en la relación "máquina-hombre", la constante es la
máquina, el hombre la variable; ya no es la máquina un atributo
del hombre; la sociedad se ha convertido en propiedad de las maquinarias y
sus mecanismos. Frente al desencanto de las utopías de la modernidad,
liberarse tal vez sólo pueda entenderse como liberarse de la máquina.
En el agotamiento de la modernidad quizá queda preguntarse: ¿Hay
alguien o algo más allá de la máquina?
Las
tecnologías del cine y la televisión han atrapado al actor -
y al espectador, en consecuencia - en el cerco de la mecanización.
La robotización del actor puesto al servicio de los requerimientos
de la producción industrial ha reducido la actuación a una técnica
sin valor artístico y sin significación personificadora. La
televisión industrial ha inventado con éxito comercial, el más
pernicioso recurso actoral: el apuntador electrónico sobre el foro.
Quienes han celebrado las ventajas del apuntador electrónico, como
un hallazgo del progreso tecnológico que ha revolucionado la técnica
del actor porque lo habilita para la celeridad de la producción industrial,
ignoran cuánto ha perdido la comunicación humana en la despersonalización
tecnológica, cuánto se ha empobrecido el patrimonio de la lengua
al mecanizar el proceso del habla y cuánto se ha envilecido la profesión
del actor al convertirse en megáfono. Al ahorrarse el actor el tiempo
de la lectura y la memorización, suele ignorar que los actores del
pasado memorizaban para olvidar y olvidaban para dar vida al texto muerto.
El actor en el lento proceso que va del texto a la escena, memorizaba para
dejarse preñar por la palabra, para incubar su sentido hasta poder
olvidarla. Así, actuar es dar a luz la palabra que nace en el aquí
y ahora de la escena, dicha por única vez, cada vez. La actuación
televisiva de nuestros días es ya la superproducción instantánea
de clones. Perdido el proceso vivo del habla, el actor se ha convertido en
una máquina productora de gestos virtuales, instantáneos y desechables.
La ficción dramática pierde así al personaje, tanto como
la sociedad masificada ha perdido a la persona. Al despersonalizarse, la lengua
pierde su residencia en el habla, que a su vez ha empezado a escaparse de
la realidad hacia el vacío de la virtualidad.
Así
lo previó Canetti, no hace mucho: "Una ocurrencia dolorosa: la
de que a partir de un punto preciso en el tiempo, la historia dejó
de ser real. Sin percatarse de ello, la totalidad del género humano
de repente se había salido de la realidad; pero no podríamos
darnos cuenta de ello. Nuestra tarea consistiría entonces en descubrir
este punto y hasta que diéramos con él, no nos quedaría
mas remedio que perseverar en la destrucción actual".
Frente
al robot de la destrucción actual, cabe pensar en su oposición
original; la del actor que encarna la palabra, la del sujeto del diálogo,
la del personificador. Persona del griego PROSOPON nombra la voz que es el
personaje. En efecto, no decimos algo, somos eso que decimos. El que habla
en voz alta, diálogo del que oye y del que enuncia en que se funda
la identidad. Somos lenguaje y el lenguaje nos personifica. "Nos conocemos
a nosotros mismos sólo de oídas", escribió Valéry.
Después
de escuchar cómo hablan y callan sus personajes en los cuerpos presentes
de los actores que transpiran y languidecen en el instante mismo del escenario,
bien podríamos decir: "No se habla sobre algo, se dice ese algo;
no se ama a alguien, se ama al amor. El encuentro amoroso, con su halo luminoso
de anhelo retrospectivo, con su mito de la masa refundida. Hablar indica carencia.
Donde está la palabra, todo falta. Desear las cosas perdidas, el cuerpo
perdido, es el erotismo original del lenguaje humano, que se ilumina por el
sentido y el símbolo y no por los desencadenantes directos de los estímulos,
sin dejar de notar que nuestra llamada y nuestra palabra obedecen también,
subliminalmente, a ese modelo de comportamiento que se asemeja al de los pájaros
cuando deslindan su territorio y se mantienen constantemente en contacto sonoro.
El signo mismo también tiene un cuerpo. La escritura es al mismo tiempo
dibujo, una delgada pincelada, un soplo de materia, adorno y secreción.
Cada cual lleva el signo de todo escrito."
Lo
que en cualquier persona es estar, simplemente estar ahí, mirar, respirar,
pensar, callar, acordarse, en el actor es ya expresar.
Antes
y después de hablar, el hablar del actor es el gesto de hablar de todos
los hablantes.