



El
actor: la palabra hecha carne
Continuación...
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El drama es el transcurrir del habla entre silencios.
¿De
dónde proviene el gesto de hablar que funda al personaje de la catarsis
identificadora? ¿Hay que entender el gesto de hablar desde el cuerpo,
desde el espíritu, desde la biología, desde la historia, desde
la fonética, desde la semántica, desde el hablante, desde lo
hablado? ¿Hay que entender la palabra desde el habla o el habla desde
la palabra?
Desde
estas preguntas miramos al actor: ante su presencia sobre la escena, en el
fulgor que precede a la palabra que se apropia, parece iluminar desde el arte,
el enigma del habla. Rilke ha dicho que de la boca de un profeta emergen palabras
poderosas como de un volcán emergen piedras, porque no son sus propias
palabras las que pronuncia. Cuando el actor habla, son las palabras del personaje
las que pronuncia.
Escuchando
al actor, también entendemos que siempre que alguien habla, está
pronunciando las palabras de los otros, porque casi todas las palabras son
las palabras de la lengua que es siempre la patria de todos los que hablan.
Al hablar, somos hablados por la lengua; y también sabemos que no es
un grupo humano el que habla una lengua sino que más bien, es el habla
de una lengua el que forma una comunidad humana.
La
presencia escénica exige un desdoblamiento feroz, al borde del silencio.
No
se guarda silencio, se es silencio.
La palabra
es la morada de lo que es. Así debería ser, al menos. Pero no
siempre es así. Esta es la crisis de nuestra actualidad. Nos hemos
acostumbrado a vivir entre palabras huecas. Ese es el vacío en que
zozobra la existencia de este tiempo atroz.
En
cambio, en el teatro, si aun sigue siendo también, el arte de la palabra
encarnada, para llegar a serlo, sería preciso preguntar qué
ser, qué cosa –que es y existe– pudo habitar cada palabra.
Sería necesario, antes de hablar, preguntar qué es aquello que
en la palabra quiere mostrar su escencia invisible y su actualidad para cada
uno.
Habría
que aproximarse a la palabra como se acerca uno a la puerta semiabierta de
una habitación, como aquel que sucumbe a la atracción que lo
tienta a descubrir qué es aquello que ahí dentro mora y se demora.
En
la escena se comparece ante el umbral de la palabra y esta comparecencia en
el aquí y ahora que la precede, anuncia ya su sentido primordial: se
trata de la palabra que nos reúne; una tal que atañe a todos;
aquella que nombra lo que tenemos en común. Sólo el reconocimiento
de lo que nos es común, nos comunica y sólo aquello que consigue
comunicarnos hace de nosotros comunidad.
Su
sola mención sobre la escena, contiene ya una promesa. Es un arca cerrada
flotando en la inmensidad de lo inefable.
Un arca es un continente, pero no cualquier continente es un arca.
La palabra
del drama, más allá de su condición de mero signo capaz
de contener una denotación clara y precisa, es más bien un arca.
Sí, como la de Noé que fue capaz de contener la recreación
de la vida en un mundo desolado.
Arca
que viene del griego, ARQUÉ, arcano, arquetipo, simiente de un sentido
que remite al origen.
Origen
como sustento de lo que más urgidos querríamos precisar como
esencial, aquello que hace ser lo que es a eso que es precisamente como es.
Ser
es un verbo, una acción y lo que resulta esencial es aquello que origina
el dinamismo de estar siendo lo que nombra la actualidad que lo conjuga.
El
personaje lleva en sí, en su invalidez, en su silencio, la violencia
de los otros y su peripecia definitiva consiste en llegar al borde, para proyectarla
desde ahí, desconsideradamente sobre lo que es como es, ahora necesariamente
plural.
El
parámetro del teatro es el tiempo de lo que no se dice, no la extensión
del texto. Se ha dicho y es cierto, que no hay personajes pequeños,
sino actores pequeños; pero habría que añadir que la
grandeza del actor está en proporción a la profundidad de lo
indecible con que pueda agrandar la dimensión de un texto. El actor
que no sabe callar, nunca aprenderá a hablar. El actor que no sabe
estar en la quietud, nunca conocerá el movimiento.
Cuando
se habla del reto mayor que supone una actuación de contenidos inconscientes,
parece que se invita al actor a transitar más allá del texto,
más allá de la evidencia de los signos, hacia otra parte indecible.
Pero resulta imposible; el actor que obedece a esta formulación sólo
consigue un comportamiento superconsciente, esquemático y psicoanalítico.
Con frecuencia se olvida que tanto Stanislavsky como Freud convergen en Saussure.
La tarea del actor habita entre las fronteras del texto y su misterioso poder
flota en la evidencia de los signos. El llamado actor vivencial, mejor que
nadie demuestra la certera afirmación de Lacan, según la cual,
el inconsciente es la condición de la lingüística, tanto
como el lenguaje es la condición del inconsciente. ¿De quién?
¿Del actor o del personaje? De otro; del único cuerpo vivo sobre
el escenario, el cuerpo simbólico desde lo real se diferencia de la
realidad; ¿de un cadáver que habita la palabra viva o de un
cuerpo viviente que enuncia una lengua cadaverizada? De otro, no todo es carne,
no todo es lenguaje.
La
estructura oculta de todas las escenas de la escena se trama en un combate
mortal cuyo primer asalto siempre consiste en no ser el primero en hablar,
sino en ser capaz de resistirse a esa primera palabra, siempre involuntaria
e inevitable que no podrá ser nunca retirada y que apenas dicha ya
es demasiado tarde. El combate culmina siempre en un asalto definitivo para
adueñarse de la última palabra que precede al mutis con el que
se acaba la escena; asalto fatal en el que se deciden las últimas consecuencias
del drama, porque nadie se resigna a que su vida sea la consecuencia de la
última palabra de otro.
El
gesto más poderoso de la escena es el mutis. Al salir el personaje,
lo demás es silencio vibrando en la crueldad de la ausencia que puebla
el escenario.
El
silencio del escenario nos rescata de la alharaca que cautiva al mundo y nos
recupera la elocuencia del habla frente al parloteo irresponsable de los políticos,
el frenesí vociferante de los anunciantes del mercado mundial, la verborragia
atroz de la televisión y el radio.
El
actor que habita lo indecible y desde ahí accede a la palabra inevitable,
nos ilumina dos dimensiones del silencio: la del sentido, según Wittgenstein,
la de aquello que del pensar no es posible decir y, por lo tanto, hay que
callar; y la de la bíblica advertencia sobre la responsabilidad del
habla: "no tomarás en tu boca la palabra en vano".
El
actor que ha aprendido a callar para expresar lo no dicho en lo dicho, nos
advierte, desde el fulgor que precede a la palabra, sobre dos de los riesgos
mayores en que ha caído la inútil verbalidad de nuestro tiempo:
un hablar irresponsable y un hablar desvergonzado.
Cortesía de Blanca Aldana, actriz tapatía quien participó como representante de Jalisco en el II Encuentra Nacional de la Voz y la Palabra.